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Ramón Pérez, CEO & Founder de V de Bravado, es evidentemente un espíritu inquieto.

Cualquiera que haya visitado las instalaciones del varadero de Port Premià, le habrá visto en su diario estado de inagotable actividad.

Ya sea supervisando una maniobra de botadura, dando instrucciones y consejos a sus diferentes empleados, o compartiendo una animada charla con alguno de sus múltiples clientes.

No hay duda de que capitanea su negocio, con la misma energía e ilusión que transmite cuando se pone a la rueda del timón de su barco y orienta la proa hacia mar abierto.

De hecho, su embarcación, el Bravado, comparte nombre con su empresa de servicios náuticos. Este singular detalle demuestra que para él, existe una conexión directa entre la pasión que siente cada vez que larga velas y gobierna la fuerza del viento para surcar las olas, con la satisfacción por el trabajo bien hecho en los 12.500 m2 que ocupa el área técnica de su varadero.

Esta peculiar combinación de pasión y compromiso por la satisfacción de sus clientes, se pone de manifiesto con solo echar un vistazo a la superficie de trabajo de su negocio, o a la cubierta de su embarcación. Todo está ordenado y meticulosamente limpio. Porque ofrecer una imagen pública impecable, forma parte del legado que Ramón aprendió de su padre. Al igual que también le enseñó a sentir un profundo respeto y amor por el mar.

Desde muy temprana edad, con 4 o 5 años, Ramón acompañaba a su progenitor cada vez que este salía a navegar por el litoral alicantino próximo a Callosa de Segura, su población natal.

Embarcado en la pequeña motora Taylor propiedad de la familia, aquel niño descubrió los fundamentos marineros y la emocionante sensación de libertad que proporcionan las olas y el horizonte abierto.

Pasado el tiempo, ya con 17 años de edad, siendo un mocetón fornido y bronceado por el Sol y la sal, sintió el gusanillo de la singladura a vela. En este caso, fue su amigo Alberto, mayor que él y marino mercante de profesión, quien le instruyó en el arte de domar los vientos y usar su impetuosa fuerza para surcar el agua.

Ya emparejado para siempre con la mar, la vida de nuestro protagonista discurrió entre los estudios de arquitectura y años y más años de duro trabajo en diferentes empresas, la mayoría de ellas de su propiedad, que dirigió con entusiasmo y buen rumbo, hasta convertirse en un hombre de negocios con notable éxito.

Próximo a la cincuentena, Ramón siente que ha llegado el momento de cumplir uno de sus grandes sueños: atravesar el Atlántico en su velero y descender por el litoral sudamericano, para después ascender lo más posible en aguas del océano Pacífico.

Armado con esta determinación, el 10 de Octubre de 2011, abandona en compañía de un marinero la dársena de Port Masnou (Barcelona) y pone rumbo a Torrevieja (Alicante), para despedirse de su padre.

 

Tras un breve y emotivo encuentro con su mentor, orienta la proa del Bravado en dirección al Estrecho de Gibraltar, con la intención de recalar en Marina Rubicón (Lanzarote). Pero Neptuno, siempre caprichoso con sus hijos más osados, le propinó una severa lección en forma de violento temporal y a duras penas consiguió llegar al archipiélago canario.

Obligado a una parada de 21 días en Lanzarote para hacer reparaciones y aprovisionarse, vuelve a hacerse a la mar, para dirigirse a Marina Mindelo en Cabo Verde.

Esta escala coincide con el fin del año 2011 y aprovecha para celebrar, en tierra firme, las primeras etapas de su aventura.

En los albores del nuevo año, se lanza definitivamente al piélago y tras catorce días de exigente y agotadora navegación, llega a la desembocadura del río Potengí en Natal (Brasil).

A partir de este punto, comienza la singladura por aguas del cono sur americano. Primero rumbo a Salvador de Bahía y posteriormente a Río de Janeiro, después a Punta La Paloma en Uruguay y más tarde, por el Río de La Plata hasta Buenos Aires. En este tramo de navegación, el viento era tan fuerte que el Bravado se desplazaba a siete nudos de velocidad, contracorriente, sin velas ni motor.

En la capital argentina Ramón decide descansar varias semanas, para preparar uno de los mayores desafíos de la travesía.

Haciendo uso de su siempre afable y carismático temperamento, consigue que experimentados capitanes de la zona le proporcionen valiosos consejos y no pocos secretos, para llevar a cabo su próximo envite. Y con este impagable bagaje de conocimientos prácticos, se decide a afrontar el paso del Estrecho de Magallanes.

Tras dos días de sufrir el implacable vapuleo de las tormentas en aguas del estrecho, se ve obligado a retroceder, e intentar acceder al Pacífico por el temible Cabo de Hornos.

Al llegar a los dominios de los Rugientes Cuarenta, Ramón y su acompañante celebraron con estruendosa alegría su buena suerte; los despiadados y aulladores vientos australes estaban calmados y pudieron doblar el cabo sin grandes incidentes.

Una vez en el Pacífico, pusieron rumbo al litoral chileno y después bordearon las costas de Perú, Ecuador y Colombia, para arribar en Panamá. Donde festejaron como merece tan apasionante aventura, antes de iniciar la ruta de vuelta hacia el hogar.

Durante dos años, Ramón y su fiel Bravado surcaron las aguas del océano hasta en cuatro ocasiones. Y llegaron a recorrer más de 34.000 millas que han marcado su vida para siempre.

Pero esto forma parte de otra historia que bien puede resumirse en una frase: pasión por el mar.

Navegando por el Río de La Plata

 

Nota del redactor: Este artículo es un sincero homenaje, al coraje y pundonor de mi querido amigo Ramón Pérez.

Un hombre muy especial, al que admiro y respeto profundamente.

Quiero dejar claro que todo lo escrito se atiene a la realidad vivida por él y que de hecho, he tenido que suprimir partes del texto que aún siendo veraces, a Ramón le parecían exageradas.

 

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